
Acabo de llegar de Cetina, Zaragoza, el pueblo de donde proceden los genes Marco Táppero que salen con cachirulo en mi cariotipo y en el de mis ascendientes y descendientes.
Eran las fiestas patronales, con tradiciones (el Dance y sobre todo la Contradanza) que las hacen únicas en elmundo mundial. Así que, aprovechando que caían en fin de semana, nos hemos juntado media tribu, con mi madre ejerciendo de sacerdotisa mayor.
Guardo una extraña relación con Cetina. Durante los siete primeros años de mi vida pasaba allí largas temporadas, en la casona familiar de mis abuelos. Es la causa de que de Cetina procedan la mayor parte de los recuerdos que conservo de mi primera niñez . Después mis abuelos se fueron a vivir a Cataluña, como tantos aragoneses en los 60, y me quedé sin pueblo. Con añoranza, mucha añoranza. Unos años más tarde, mis padres recuperaron la casa familiar y regresábamos a pasar los veranos. Los veranos de la adolescencia fueron cetineros e inolvidables.
A Cetina voy poco, muy poco. Pero siempre vuelvo "tocada". Debe ser lo que llaman el reencuentro con las raíces, pero una, que va volviéndose cada vez más "escepticienne" con los sentimientos propios según van pasando los años, no deja de sentir que el corazón se le expande cuando, en la carretera, desde la cuesta que baja de Ariza, va viendo la vega del Jalón y adivinando los edificios de adobe del pueblo, confundidos con la tierra roja de arcilla.
Esta vez, el tiempo se me ha venido encima: Cetina ha sido pasado, presente y futuro. Os lo cuento si sé y puedo.
El pasado:
Alguien dijo que somos lo que fuimos hasta los cinco años. Yo estoy de acuerdo. A veces he pensado que si es cierto aquello de la resurrección de los muertos, se presentará al juicio final una criatura flaquilla que todo lo toca, lo mira y lo olfatea: Esthercilla la de Don Ignacio. Cada vez que visito el pueblo, hay alguien, ya mayor o muy mayor, que recuerda a aquella niña: La anécdota más popular cuenta (yo apenas me acuerdo de aquello) que una vez desaparecí de la puerta de la casa y mi abuela y mis tias me buscaron durante horas: me había ido detrás de unos titiriteros, haciendo ruido con unas cacerolas y llevándome de paso a tres o cuatro vecinillos. me ncontraron en las eras, donde los titiriteros habían acampado y nos habían dado merienda, bailando encima de una mesa mientras el resto de los fugados lloraba a moco tendido. En Cetina aprendí a andar, por los empedrados donde pasaban las caballerías, aprendí a leer (Timoteo ató tu auto, no ató tu moto. Tenía 3 años)y me pasaba largas horas sola, en el sobrao, disfrazándome con trapos e inventándome historias extrañísimas que luego contaba a todo el que quisiera escuchar. A mi abuela le procupaba a veces esa imaginación desbocada. Yo la oía discutir con mis tios y con mi abuelo, que se partían de risa con mis cosas.
Cetina es el olor del horno del Candidín, que en paz descanse, es el sabor de la longaniza y los mantecados. Son los objetos del pasado que encuentro en lcualquier rincón de la casa de mi madre, propios de la tendencia "Eso es para el pueblo": los cuadros, los libros, las colchas, las mantas...todo fue de entonces y, a veces, muchas veces, la presencia tangible de los que ya son ausentes.
La gente de Cetina tiene una "pinta", como en aquellos cuentos de Lovecraft se decía de "la pinta de Innsmouth". Nosotros no la tenemos, porque no somos rubicundos, fuertes y de pelo y ojos claros. Alguna peculiaridad física debemos poseer porque mi primo Ignasi, que nunca había pisado el pueblo, ha sido reconocido como hijo de mi tio al asomarse a la panadería, sin tiempo a abrir la boca. Mi tio es un calco de mi abuelo. Yo me sorprendo a mi misma diciendo de una niña que hacía el dance: "Esa cria es de los Morones". Yo no me sabía interiorizada esas categorías genealógicas. Llevo más de veinte años en La Adrada y no me ocurre.

Los pobres contradanceros ejecutan las "mudanzas" como pueden. La gente se deshace en aplausos y vivas: los muchachos se han jugado el pellejo pero bien. Es un milagro de San Juan Lorenzo. O más bien, otro ejemplo de la afamada tozudez mañica.
El presente:
Le pasa a todo el mundo, de acuerdo. Pero que le pase a todo el mundo no es alivio, al contrario.
Es el famoso comentario:"Que bien te veo, por ti no pasan los años, estás igualica" dicho por un/varios amigos de la pandilla de entonces a los que siglos ha no ves: Y tú miras al/los interfectos y ves esas tripas, esas entradas, esas canas, esas pintas de señorón/ona en las que apenas se entreven los rasgos del fulanito aquel con el que bailabas "Samba pa ti" en la verbena, o de tu amiga del alma de entonces. Y piensas "Si yo le veo así, fijo que a mi me ve hecha una pasa", y pones cara de boba porque no se debe mentir.
Es una putada: cuando tu cuerpo tiene una edad y tu mente y tu corazón otro. Habrá que irse resignando y aprendiendo un par de frases ad hoc para salir del apuro. Porque lo de darse al botox no me mola nada.
El futuro:
Debería plantearme seriamente el viejo proyecto de encerrarme en Cetina en verano para escribir mis cositas: esa novela que lleva tantos años encerrada en la neurona. Los cuentos que no tienen oportunidad de aflorar. Cetina tiene el don de volver la vista hacia mis adentros más adentrosos. Y no tiene conexión a internet, ni nada especial que me distraiga. Sólo mi natural disperso y tirando a vago. No sé. Lo voy a meditar.
Estos días también me he reencontrado con un fantasma, de los que dan miedo: periódicos viejos de julio del 2004, un mes antes del accidente: unos días en que, despierta o dormida, soñaba con hospitales, con extrañas percepciones que me hacían sentir el alma encogida y alerta. Fue el presentimiento de lo que después se me vino encima, como si algo o alguien me estuviera preparando.
Después aprendí a fiarme más de mi instinto. A un precio muy alto, demasiado.
A lo mejor es resulta que es cierto y aquella niña que jugaba sola en el desván, resultó ser una bruja. Con verruga incluida.
No se lo digáis a nadie,