Wednesday, June 25, 2008

GHOST


Maldoror ha puesto de tema "El botijo". Se han presentado 20 relatos...eso para que se quejen.
Yo sí me quejo: no me decís nada, malas pensonas...
Ahí os va:
GHOST

Mariana Pindado Ledesma, de “Cerámicas Pindado”, tecleó el número secreto que activaba la alarma y subió la escalera que comunicaba su vivienda con el alfar.
Otro día que acababa. Una ducha rápida, una cena fría, la serie de televisión del martes, algo de lectura y por fin el sueño. Eso era todo.
Mariana se miró en el espejo. El vaho que lo empañaba se iba desvaneciendo dejando que su rostro emergiera desde apenas un aura a un contorno de rasgos difuminados que se iban perfilando, ganando viveza, desvelándose. Mariana disfrutaba especialmente de aquel momento del día, en el que jugaba consigo y con el espejo, a aparecerse, como un fantasma. A Mariana le gustaba su cara, pequeña, de perfecto óvalo y el color de miel de sus ojos miopes. Sin embargo odiaba con todas sus fuerzas el resto de su cuerpo, un pegote esférico adherido a su esbelto cuello por cualquier dios borracho con ganas de choteo. Porque, efectivamente, la figura de Mariana Pindado Ledesma, de “Cerámicas Pindado”, era motivo de burla en aquella pequeña ciudad. No era para menos que la dueña de una empresa dedicada a la fabricación de botijos desde que el mundo era mundo, pareciera la encarnación andante de su producto señero. Por eso no tenía en casa espejos de cuerpo entero.

Mariana introdujo con cuidado el dvd para ver, por enésima vez, su escena favorita: Demi Moore y Patrick Swayze, en Ghost, fundiéndose entre ellos y con la arcilla mientras Unchained Melody les envuelve en un in crescendo apasionado. Mariana, que cada mañana, de ocho a dos, modelaba botijos en un torno, nunca sentía correr su sangre como cuando veía esa secuencia que conocía de memoria, en cada uno de sus más mínimos detalles. Por eso, aquella noche, insomne de soledad, marcó el número de teléfono de los anuncios sin palabras del periódico provincial y dejó el siguiente mensaje:
“Señorita discreta busca caballero dispuesto a hacer realidad fantasía cinematográfica. Si deseas hacer realidad la escena de la arcilla de Ghost llama al número xxxxxxxxx”.

Dos días más tarde recibió la ansiada respuesta. Mariana se aseguró de que su partenaire no era vecino de aquella ciudad antes de aceptar la cita y, para mayor verosimilitud, pidió en la peluquería un bob, el corte de pelo que Demi Moore luce en la película y que consiguió marcar tendencia en su día para mayor gloria del gremio de peluqueros. Cuando el juego del espejo le devolvió su rostro aquella noche sintió que el agujero negro que la ansiedad había cavado en la boca de su estómago se hacía más profundo; lo había conseguido: era clavadita a la Molly del film. No había más que disfrazar su desnudo cuerpo de botijo con la camisa blanca de seda de su padre muerto, quitarse las lentillas y dejarse llevar...Sus piernas regordetas apenas conseguían sostenerla en pie.

La puerta del alfar estaba entreabierta. Ricardo Lozano Paredes, encargado de mantenimiento de Hoteles Bahía S.L, se asomó tímidamente y contempló, atónito, un taller de alfarería iluminado por cientos de velas.
En el centro de la estancia, Demi Moore, sentada frente al torno, moldeaba una vasija. Sonaba “Unchained Melody” y él no supo si, de nuevo, estaba soñando despierto. Sin poder desviar su mirada de aquel fascinante encantamiento, se dirigió a la esquina más remota y se desnudó, dejando con cuidado sobre una butaca el pantalón y la camisa que su madre había planchado con primor aquella misma tarde. También depositó sus gafas de culo de vaso. Quería volver a ver la misma película pero con otros ojos.
Ricardo acercó su taburete a la espalda de Demi Moore, se sentó y la envolvió en un leve abrazo en el que sus manos buscaban las de ella entre la arcilla cálida y sus labios el pico del nacimiento del pelo en aquella nuca eterna tantas veces deseada.
Dos horas más tarde, los Righteous Broothers seguían repitiendo para ellos que el tiempo pasa tan despacio ( and time goes by so slowly), cuando Ricardo, tímidamente, preguntó a Mariana si había visto “Nueve semanas y media”.
Y ella, con sonrisa picarona, le contestó que sí.








Wednesday, June 18, 2008

ILEGALES


Thinkerbell, ganadora de Tintero de la semana pasada, ha propuesto recrear un episodio de la Historia a gusto del escritor.
Aquí os dejo su contribución. Saludos...y ponedme algo, leñe...
ILEGALES
Habían avistado las tres embarcaciones a poniente de Playa Grande aquella misma mañana y, aunque el Protocolo de Emergencias y Salvamento Marítimo requería discreción absoluta sobre el operativo, la noticia había volado de unos a otros con la velocidad del águila.
En el horizonte se recortaban las siluetas de las tres naves. Grandes y grotescas, cascarones inapropiados para cualquier travesía en aquellas escarpadas costas. Nadie en su sano juicio hubiera intentado tal aventura de no hallarse desesperado, de no tener nada que perder salvo la vida.
Famélicos, harapientos, comidos de salitre y piojos, apoyándose los unos en los otros, apenas sosteniéndose en pie, aquellos náufragos de extraña fisonomía bajaban de los botes de salvamento e iban llegando con dificultad a la arena de la playa. Pronto se apiñaron alrededor del más alto de ellos, que portaba majestuosamente dos maderos cruzados.

-Debe ser el jefe- le dijo a su marido- Acércate tú primero, leñe, que no se diga, que para eso eres tú el Jerarca De Turno y ellos los intrusos.

Él, una vez más, obedeció sin rechistar a su mujer y se adelantó hacia los desarrapados, abriendo los brazos en señal de bienvenida.

- Pues no, el jefe debe ser el del corte de pelo a tazón- dijo ella a su cuñada, que había corrido a primera fila en cuanto vio hueco libre.
- No sé, hija, a mí todos los blancos me parecen iguales.
-A mi por un lado me dan mucha pena, porque oye, derecho a una vida digna todo el mundo tiene. Pero por otro lado...
-Es que luego está el efecto llamada. Primero vienen éstos, luego van trayendo a las familias, a los vecinos y, cuando nos queremos dar cuenta...
-Aparte que no podemos dejar la puerta abierta a que pasen sin ningún control, que luego las demás naciones nos ponen verdes.
-Que digo yo que lo de los palos cruzados que lleva el alto...¿qué será?
-Pues alguna costumbre rara de sus países. ¡Fíjate! Si la está clavando en la playa...
-Y ahora se arrodillan y cantan a la vez; ¡igual es algún conjuro y nos pegan algo!
-Calla, mujer, no seas supersticiosa, y apártate un poco que no me dejas ver.

El hombre del corte de pelo a tazón se aproximó al Jerarca De Turno y le tendió con ridícula solemnidad un pergamino ajado y sucio.

-¡Que venga el Intérprete!- ordenó el Jerarca De Turno

El Intérprete estudió con detenimiento el manuscrito y no tardó en emitir su dictamen:

-Por lo que puedo entender (ya veis la obsoleta tecnología que gasta esta gente) aquí se dice que toman posesión de estas tierras en nombre del Rey y la Reina, sus señores.
-¡Me parto!
Levantó la mano entonces el Jerarca Anterior, un hombre sensato y prudente, de sólida autoridad moral pero con cierta tendencia a sentar cátedra cuando hablaba en público.

-¡Compañeros y compañeras! Mucha sangre y sufrimiento nos ha costado conseguir el estado de bienestar que ahora gozamos. Siglos de lucha y esfuerzo para que imperen los sagrados valores que conforman las señas de identidad de nuestra cultura, de nuestra civilización: la vuelta a la Naturaleza, la abolición de la propiedad privada y los bienes materiales, la autodeterminación en sistema asambleario, la concordia, el diálogo, el respeto, la cultura, el amor libre...Si ahora dejamos que se instalen entre nosotros estos seres incultos y atrasados, que aún son súbditos de arcaicas monarquías, corremos el peligro de que nuestra civilización sea de nuevo pasto de la codicia, de que nuestros ideales se fagociten en los suyos. Porque, no nos engañemos, esta gente no se integra. Estamos ante una invasión y...

- No exageres, Jerarca Anterior. Tampoco les vamos a dejar que se mueran de hambre- le interrumpió una joven- A nosotros nos sobra, ¿por qué no compartir?

El Jerarca De Turno, hombre práctico donde los hubiera, zanjó la discusión antes de que se eternizara. Contempló a los náufragos. No podía cerrar los ojos ante la evidencia:

-Intérprete, pídeles el visado de entrada al país
-No tienen, Jerarca De Turno
-Pues entonces está claro, debemos deportarlos. Cuando estén repuestos, eso sí, que no somos criminales. Que llenen sus navíos de agua suficiente, y también de patatas y tomates, que cunden mucho. Dadles unos esquejes para que las planten en su tierra. ¡Ah! Y también tabaco, cacao...y un poquito de oro, que gusta mucho a los reyes si no recuerdo mal. Intérprete, pregunta al hombre del corte de pelo a tazón cómo se llama

-Dice que se llama Cristóbal Colón y que nos ha descubierto.
-Pues qué bien
-Y que la tierra es redonda.

Aquella barbaridad provocó la carcajada general de todos; incluso contagió a los hombres blancos. Dicen que de aquella comunión de risas nació una nueva Edad de la Historia, lamentablemente no hay crónica que lo recoja. Al fin y al cabo, la Historia siempre la cuentan los vencedores.



Wednesday, June 11, 2008

SOL DE MEDIANOCHE

Teníamos como propuesta "Cualquier noche puede salir el sol" (Ay, ese Sisa!!)
Aquí os dejo este pequeño homenaje a "Doctor en Alaska":

Sucede una vez al año, coincidiendo con el solsticio de verano. No se trata de que cualquier noche, de repente, pueda salir el sol. En nuestro caso el sol, simplemente, se niega a acostarse. En otras latitudes lo llaman la Luz del Norte; nosotros, con el lenguaje poético que heredamos de los yupik para dirigirnos con reverencia a la Naturaleza, lo conocemos como el Sol de Medianoche.

A veces llegan hasta nosotros viajeros del Sur, atraídos por un fenómeno que han visto en películas o en reportajes. Me gustaría creer que quizá alguno cayó fascinado al leer la descripción minuciosa que aparece en las novelas de London, ojalá fuera cierto; en cualquier caso todos desean ser testigos de algo insólito, casi inverosímil : noche y día fundidos; sol y luna en extraña comunión. Muchos de ellos vivirán la noche del solsticio con la misma energía y entusiasmo con la que saltarían la hoguera de San Juan, y engañados por la luz, jugarán al béisbol sin necesidad de focos contra los visitantes de Anchorage, o bailarán valses vieneses en el Festival, o participarán en el concurso anual de Piernas Peludas, o harán el amor con cualquier ser humano desconocido entre la maleza que rodea el lago Kirnuk. Después volverán a sus tierras cálidas, enseñarán las fotos a sus familias y amigos y les contarán lo difícil que es conciliar el sueño cuando siempre hay un rayo de sol importunándote en los párpados.

Pero si has nacido en esta tierra, o quizá, si esta tierra decidió adoptarte, o si, como es mi caso, te mueves a capricho entre varios mundos, sólo entonces, conoces la auténtica naturaleza del Sol de Medianoche y ni te asombras ni te asustas por ello. Porque esa luz que electriza a los turistas y les impide dormir no es la belicosa y radiante de un día de verano. Es la sutil y delicada que tiñe de azafrán el horizonte en cada crepúsculo. Es la seda malva que cubre los confines en cada nueva aurora. Es la de la hora en la que a veces te despiertas asomado al abismo. Cuando te asalta la certeza de que el tiempo se va consumiendo. Cuando ya sabes que vas a morir.

Los yupik son un pueblo sabio, por eso, cada solsticio de verano, cuando la Luz del Norte se adueña de cada instante del día, realizan arcanos rituales para ayudar a los espíritus de los muertos recientes en su largo y tortuoso camino. Bajo los totems de sus antepasados aprovechan la luminiscencia del sol de medianoche y nos convocan a nosotras, las hadas, para que les acompañemos durante un buen trecho, hasta que por fin pierden el miedo.

Este año he tenido suerte porque me ha correspondido en el sorteo acompañar a un chico bien guapo, lo cual siempre se agradece. Se trata del último novio de Maggie O´Connell, el que murió aplastado por un meteorito enano. Cuando he terminado la misión y nos hemos despedido, he vuelto a las orillas del lago Kirnuk, a incordiar en los párpados de los turistas que se quedan dormidos después de hacer el amor. Sé que no es propio del charme de un hada, pero...no puedo evitarlo.

Aquí Thinkerbell en la mañana, en la RK-Oso desde Cicely, Alaska.

Wednesday, June 04, 2008

PAJARITOS FRITOS

El tema de esta semana era "Pájaro en mano". Allá va:

PAJARITOS FRITOS

En el pueblo eran conocidas como “Las Pajarillas”. Marta y María, hermanas, hijas del tío Pajarillo, llamado así porque se ganaba el jornal cazando pájaros con liga y vendiéndolos después a los bares de la cercana capital.

Marta, María y su madre, la tía Pajarilla, pasaban las tardes de la temporada de pájaros sentadas a la puerta de casa, desplumándolos. La gente que volvía de los huertos, al anochecer, se las quedaba mirando con una mezcla de repulsión y lástima. La misma que Marta sentía por aquellos animalillos yertos, que sabía estrangulados por las manos de su padre y de su hermano, y que después ella misma desnudaría con cuidado, arrancándoles las plumas una a una mientras en la radio se escuchaban los sabios consejos de Doña Elena Francis.

En los bares les pagaban el doble si llevaban los pajaritos desplumados. A veces Marta se atrevía a mirar las bandejas de barro y allí los hallaba, como una pila de cadáveres de judíos que vio en un reportaje sobre campos de concentración nazi que vio en el cine, solo que bien doraditos y espolvoreados de sal gorda. Si algún parroquiano pedía una ración mientras ella esperaba el dinero de la entrega, procuraba no mirar. Nunca vio a nadie comer pajaritos fritos, pero, cuando ya de mayor visitó el Museo del Prado y vio un cuadro oscuro en el que Saturno devoraba a su hijo, se dio cuenta de que se parecía a una de las imágenes que aparecía en su pesadilla, sólo que de la boca del monstruo salían las patitas fritas de un jilguero o de un verderol, chorreando grasa.

Había otra imagen en la misma pesadilla: era ella misma, en el centro de un remolino. Cientos de pájaros desnudos y bien fritos daban vueltas de tornado a su alrededor, piando burlones, como en las algarabías de atardeceres de su infancia. Ella manoteba desesperada, intentando asir alguno entre sus manos, pero ellos, más listos, se ríen. De su necesidad y de su avaricia.

Marta y María crecieron vistiendo la ropa heredada de otras niñas y merendando si había sobrado algo de pan del almuerzo. Ahora, a veces, podían quedarse con las propinas con las que a veces les gratificaban los dueños de los bares. María, siempre contenta, siempre canturreando, corría a comprarse unas horquillas brillantes, o incluso unas medias para el baile. Marta ahorraba ese dinero, como bien le había enseñado su madre. Cuando ambas cumplieron los veintiún años, Marta aceptó la proposición de matrimonio de un médico viudo y no demasiado mayor. Quería dejar de ser la Pajarilla. María conoció a James, un inglés de pelo largo que quería ir a Ibiza y huyó con él.
A partir de entonces, Marta y María se veían muy de tarde en tarde, si alguien de la familia se casaba o moría. Marta ejercía de perfecta ama de casa y siempre tenía el armario repleto de ropa nueva y el interior del frigorífico parecido a un puzzle, con pequeños recipientes conteniendo sobras. No sabía si amaba a su marido, ni si su marido la amaba a ella, pero tampoco le importaba demasiado. Se sentía segura siendo al mujer del médico, aunque sabía que, por detrás, seguía siendo la Pajarilla. Y entonces la pesadilla regresaba y se despertaba sudando sin haber conseguido capturar ningún pajarito frito.
María sorprendía a todos en cada ocasión que volvía al pueblo, siempre acompañada de un hombre distinto, más joven y más hermoso a medida que ella iba envejeciendo y conquistando kilos y plenitud. Marta envidiaba la felicidad de su hermana y no podía comprender los motivos: al fin y al cabo, María no tenía casa propia, ni trabajo fijo, siempre iba viajando de un lado para otro, siempre sola.
Cuando el medico murió, María acudió al lado de su hermana y ambas compartieron el lecho conyugal que el médico había dejado semivacío por primera vez en treinta años. Marta pasó su primera noche de viuda hablando con su hermana, hablando de pájaros, de manos que estrangulaban, de Saturno, de la Señora Francis. Cuando el cansancio la rindió, buscó la tibieza del cuerpo satisfecho de María para abrazarse a él y entonces volvió a soñar: su hermana y Saturno bailaban entre pajaritos fritos y ella reía y reía.

Wednesday, May 28, 2008

La maldita manía de leer


El tema, propuesto por el gran Angeliko, es "Manías que tengan consecuencias". Esto es todo...

- Me llamo Javier Manías y soy lector compulsivo.

(¡Hola Javier!; ¡Bienvenido Javier!; ¡Te escuchamos, Javier!)

Quisiera comenzar mi intervención reconociendo delante de todos que durante años me he reído de estas reuniones. Siempre pensé que contar tus miserias, en voz alta y delante de desconocidos, tenía que ver más con el exhibicionismo que con una necesidad de desahogo. Sin embargo, llevo una semana sentado entre vosotros y me he ido reconociendo en cada una de vuestras historias. Escucharos me ha dado fuerzas; por eso hoy empiezo de nuevo: Me llamo Javier Manías y llevo 24 horas sin leer.

(¡Bravo, Javier!, ¡Ánimo, Javier!, ¡Creemos en ti, Javier!)

Me vais a permitir, por ser esta mi primera intervención ante vosotros, que no me remonte a mi infancia, por otro lado tan similar a la vuestra: una madre que me ignoró, siempre con la nariz sepultada en noveluchas rosas, con títulos tales como “Sueños de luna llena”o aún peores; un padre cabal que murió demasiado pronto, aplastado por un baúl que se desprendió del gancho de una mudanza y que contenía, entre otras cosas, la Espasa en edición completa más los apéndices actualizados y, sobre todo, muchas horas acompañado, solamente, por los personajes de cualquier libro, o de cualquier revista, o de cualquier periódico que encontrara. Daba igual.

Confieso que me he chocado contra las farolas, enfrascado en la lectura. Recuerdo especialmente la rabia que me produjo que el SAMUR llegara en lo mejor de “Crimen y castigo, justo en el momento en que Rodión estaba a punto de descargar el hachazo en la cabeza de la anciana usurera; también la ocasión en que perdí el trabajo por escapar de los Orcos en las Minas de Moria. Debía haberme bajado del tren en Humanes y, cuando quise darme cuenta estaba en Calatayud. Algo normal, vamos.

(¡No es tan normal, Javier!, ¡Ya te vale, Javier!, ¡Un poco p´allá sí que estás, Javier!)

Pero hay algo aún peor. Hay algo que la maldita manía de leer ha arruinado por completo; algo que me ha devastado, que me ha aniquilado, que ha conseguido que me sienta una babosa pero que también ha conseguido traerme hasta aquí. Se trata de mi vida sexual.

(¡Cuéntanos, Javier!; ¡Dale, Javier!; ¡Esto se pone interesante, Javier!)

Veréis: soy incapaz de conciliar el sueño si antes no leo. Es más: en mi caso, la cama se hizo, fundamentalmente, para leer. Y eso las mujeres no terminan de entenderlo. No tiene que ver con ellas, yo las amo como si realmente estuviera enamorado de ellas, las gozo, intento hacerlas gozar, disfruto del momento del después, de la calidez del abrazo, de las pieles cansadas y húmedas, pero...pasados unos segundos de plenitud, cuando a otros la biología les ordena dormir, me vence el arrebato, me levanto y me pongo a leer.
Ninguna de mis parejas ha llegado a comprender que mi pulsión tenía poco o nada que ver con ellas. La que más he querido me abandonó en París, en el primer y único fin de semana que pasamos juntos, cuando, al no tener ninguna página que llevarme a los ojos, me levanté del lecho y me leí, entera, la caja del dentífrico, presa del pánico. Otra de ellas me echó de su lado y de su vida cuando aproveché que se había ido a prepararse al cuarto de baño para continuar con “El nombre de la Rosa”, y es que Guillermo de Baskerville había encontrado el tercer monje asesinado. Le sentó fatal porque era muy sensible y se había comprado un picardías rojo. No era para tanto

(¡Sí que era para tanto, Javier!; ¡Hay que ser gilipollas, Javier!, ¡Manda huevos, Javier!)

Por eso, compañeros, me hallo aquí, entre vosotros, como uno más: el más desgraciado, el más infeliz. Sé que entre vosotros tengo un hueco, por eso agradezco vuestro apoyo y vuestra comprensión. A partir de este momento, cada día me levantaré, me miraré en el espejo y diré:
Me llamo Javier Manías, soy lector compulsivo y ayer tampoco leí. A ver si de esta forma consigo comerme un rosco.


Thursday, May 22, 2008

PARLA´S BLUES



El tema del Tintero de esta semana era "El blues".

Esta historia está perpetrada en cinco minutos, los que faltaban para cerrar la edición, así que no esperéis mucho.


PARLA´S BLUES
Charlie acarició la guitarra antes de guardarla con mimo en su funda.
Aquella noche la guitarra se le había entregado como jamás lo habría hecho una mujer que le amase. Había conseguido arrancar de ella lamentos y quejidos, desde lo más hondo de sus entrañas, le había suplicado, había reído con la alegría de cien cascabeles, había llorado hasta la extenuación. Su guitarra. El único ser que jamás le había decepcionado.
El local, poco a poco, se había quedado vacío. La pareja había sido la última en salir; antes de ellos el borracho más borracho, aquel que siempre aplaudía.
Se despidió del barman con un leve toque en su sombrero y se colocó su sempiterna gabardina negra. Gabardina, sombrero y guitarra. Y la soledad.
Charlie cerró la puerta del club tras él. Fuera, la pareja intercambiaba confidencias, evitando el adiós. Sintió su mirada curiosa sobre la espalda mientras la luz de la farola teñía de luz amarilla una madrugada que lloraba suavemente sobre sus pasos.

- -¡Pero...¿qué hace ese capullo en medio de los aspersores?-
- -Pues el memo, como siempre. ¿No ves que es el Juancar, el de la droguería?
- - Anda que si su pobre padre levantara la cabeza y le viera con esa gabardina y ese gorro en pleno mes de julio...
- -Ya te digo, que me recuerda entero al cura del exorcista, pero con guitarra.
- ¿Y desde cuando le ha dado al tío por tocar la guitarra?
- Pues desde que se ha cansado de ir de poeta maldito, que acuérdate de cómo nos ponía el barrio, perdidito de sonetos.
- Calla, por Dios, no me lo recuerdes. ¿Y cuándo le dio por ser artista conceptual y hacer aquellas cosas de hierro?
- Por lo menos ahora ha insonorizado la droguería y ya ves, para echarnos un café y un cigarro por la noche a nosotros nos viene genial.
- ¿Pero este tío sabe tocar la guitarra?
- ¡Qué va a saber! Dice su pobre madre que como lo que hace es improvisar, pues que ni falta que le hace.
- Qué va a decir la mujer
- Lo de ser hijo único es lo que tiene.
- ¿Y dices que se hace llamar Charlie?
- Sí.
- Madre mía, cómo se le ha ido la pinza al colega.
- A ver cuánto le dura la aventura del blues.
- Pues nada, porque además, en Parla somos más de tecnorumba.
- Ala, Mari, vamos al tajo, a ver si nos limpiamos la plaza antes de que abran el cercanías.

Los chalecos de los barrenderos reflejaron la luz de las farolas de la Plaza de la Constitución. Bajo una de ellas, Charlie, su soledad, su sombrero, su gabardina negra y su guitarra, empapados por los aspersores, componían una estampa delirantemente grotesca, entre el absurdo y el catarro.




Friday, May 16, 2008

LA ÚLTIMA FUNCIÓN




Por aquel entonces, yo devoraba novelas de Enid Blyton. A todas horas. No había demasiada diversión en el pueblo, aunque fuera verano y hubieran anunciado que el circo, como cada septiembre, estaba a punto de llegar a la ciudad.
En las novelas de Enid Blyton siempre había un grupo de chicos en bicicleta que salían de acampada durante días y días y se hartaban de pasteles de carne y cerveza de jengibre, sin que sus padres les pusieran ningún inconveniente. Sin embargo mi padre, el maestro de aquel pueblo, me tenía prohibido acercarme a la única pandilla de chavales de mi edad. La pandilla de Ángel Lozano, Barrabás.
Mi padre no acostumbraba a dar explicaciones. Él, simplemente, dictaba sentencia. En el caso de Barrabás se había dignado a añadir: “Abre bien los ojos y puede que lo comprendas”. Yo, que les seguía en secreto con ese irresistible imán que ejerce lo prohibido, era testigo clandestino de sus fechorías que no dejaban de asemejarse, desde mis abiertos ojos, a las que en mi colegio cometían algunos de los internos: fumar y beber, incordiar a los pequeños y a las niñas. Además de humillar al tío Wences, robar fruta o nadar en las albercas.
Por eso, cuando inesperadamente una tarde Barrabás se me acercó y me pidió una cerilla, no dudé ni un segundo en incorporarme a su séquito en calidad de discípulo incondicional. A poder ser sin que mi padre lo supiera. Abandoné a Enid Blyton en la mesilla sin ninguna consideración y me dediqué en cuerpo y alma a ser el que más lejos meaba o el que más fuerte eructaba. En realidad no me sentía especialmente orgulloso de tales fanfarronerías. Simplemente, ya no me encontraba solo.
El Gran Circo Romaní ya se había instalado en las Eras, y, en mi familia acudir juntos a ver la función significaba comenzar con los preparativos para el nuevo curso, las compras y las visitas de despedida. ¡El circo! Hasta entonces había esperado la tarde de circo incluso con mayor ilusión que la noche de Reyes. Palmeaba con el ritmo del gran desfile triunfal, temblaba de miedo con los leones del domador, sentía el vértigo en el estómago con las evoluciones de los trapecistas, admiraba el afán de superación de las hermanas Kessler, que, a pesar de ser ciegas, bailaban sobre grandes balones. Admiraba a la hermosísima Déborah y sus perritos pero las mejores carcajadas las guardaba para los Cuatro Enanos Payasos y la Giganta, aquella mole casi inhumana que recibía un tartazo tras otro mientras nos desternillábamos de risa.
Podría parecer fatuo de mi parte, por eso jamás me he atrevido a contarlo, ni siquiera a mi psiquiatra: Yo sé precisar exactamente el día en que dejé de ser un niño, en que se me desveló la realidad sin trampas ni artificios. Fue en la última sesión de aquel Gran Circo Romaní.
De repente, vi aquella gran carpa brillante con su ridículo tamaño, su suciedad y sus remiendos. El gran desfile de artistas era una mísera procesión de vejestorios, maquillados hasta el ridículo, de ajadas y recosidas ropas. Tan viejos o más que los desdentados leones. Las hermanas Kessler no eran ciegas, sino griegas; los trapecistas se caían a propósito, sin ninguna gracia. La hermosísima Déborah tenía las medias rotas y una tremenda expresión de cansancio y la crueldad con la que los enanos payasos trataban a la Giganta, una pobre mujer idiotizada, me causó una repugnancia extrema.
Salí corriendo sin pedir permiso a mi padre, sin poder contener las náuseas. Barrabás fumaba, apoyado en un carromato. Me vio y sonrió:
- Aquí al circo se viene a otras cosas, pijo. Si tienes huevos, te espero esta noche, a las once. Tráete 500 pelas y tabaco.

Aún me duraba el asco cuando acudí a la cita. El circo parecía dormir mientras Barrabás y yo cruzábamos entre la basura hasta el último carromato. Quizá fuera Déborah la Hermosa quien recogió el billete de 500, en cualquier caso, compré el permiso para subir a una banqueta y mirar al interior.
Bajo una luz mortecina, en lo que podía ser un catre inmundo, los Cuatro Enanos Payasos y sus enormes falos follaban con el amasijo de carne deforme que era la desnudez de la pobre Giganta.
En un sillón, babeante, mi padre miraba.
Barrabás también miraba. Me miraba a mi. Nunca he vuelto a ver tanta maldad en una mirada. “Abre los ojos” me había dicho mi padre. Ahora podía entenderlo.
Necesité muchos fracasos para comprender y perdonar a mi padre. Pero jamás, jamás, he podido volver a pisar un circo. Ya hace tiempo que dejé de creer en los Reyes y en los payasos.

Sunday, May 11, 2008

DEBIÓ LLAMARSE ANA


Es Juan Gelman, premio Cervantes.
El tema del Tintero era "Si que nadie se enterara". Hemos quedado las terceras.
Os dejo con el relato, si es que queda alguien leyendo.
DEBIÓ LLAMARSE ANA
La niña apareció en un cestito, a la puerta de la casa donde vivía el matrimonio Touriño Vivián.
- Que no se entere nadie- advirtió el policía a su mujer.

Y ella prefirió no preguntar. Tomaron aquel cestillo y a la mañana siguiente buscaron otro lugar para criar a la niña, su hija, sin tener que buscar respuestas a la curiosidad de los vecinos.
Macarena Touriño creció con el amor del deseado, arropada y protegida por sus padres, ajena al enigma de su nacimiento y a los interrogantes que se asomaban a los ojos de su madre muy de vez en cuando, cuando se aproximaba una fecha, la de su cumpleaños, que sólo dos personas sabían que era un acuerdo artificial.
Macarena, en realidad, debió llamarse Ana. Así lo habían decidido sus padres, Marcelo y María Claudia, tras muchas consultas a la familia, muchas listas hechas con las risas de los amigos y toda la ilusión del mundo. Eran muy, muy jóvenes. Quizá, cuando los hombres armados entraron y se los llevaron, estaban planeando el primer viaje que harían con Ana, o imaginando cómo sería su carita, o qué rasgos de unos y otros portaría en sus genes.
Los hombres armados querían al Poeta. Pero allí no estaba. Por eso se llevaron a su hijo Marcelo, a su hija Nora y a su nuera María Claudia, con la pequeña Ana en el vientre.
Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Nadie se dio por enterado.
Nora fue devuelta tras recibir todo tipo de torturas. Se convirtió en un guiñapo humano, jamás consiguió superar las secuelas que el tormento le dejó en el cuerpo y en el alma.
El cadáver de Marcelo apareció poco después, dentro de un bidón, en el Rio de a Plata, con un tiro en la nuca. Tenía 20 años.
Hoy, Macarena sabe que, en el útero de María Claudia, cruzó la frontera entre Argentina y Uruguay. Mantuvieron a su madre viva en el Servicio Internacional de Defensa hasta que dio a luz en el Hospital Militar de Montevideo y después la asesinaron. Su muerte fue una simple cuestión de codicia: sin que los mandos quisieran enterarse, los esbirros y los verdugos mercadeaban con los bebés nonatos de las prisioneras. Los mismos mandos, civiles y militares, que nunca quisieron enteraron de que en su país también hubo desaparecidos. Tampoco existió la “Operación Cóndor”, ni los vuelos secretos sobre el Océano, ni las fosas comunes.
Hubo muchas personas de bien que nunca se enteraron. De nada.
La madre adoptiva de Macarena sí quiso saberlo todo, cuando tras veintitrés años de búsqueda, su abuela Berta y su abuelo, el poeta Juan Gelman, consiguieron encontrar a su nieta. Tomó la mano de su hija y ambas escucharon la verdad sobre el origen de la niña que apareció en un cestito.
Macarena Gelman, la joven que debió llamarse Ana, ha solicitado la reapertura el caso del asesinato de su madre. Para ello luchará contra una ley, la de Caducidad, que intenta perpetuar el olvido y la impunidad de los crímenes de aquella guerra sucia.
Quizá desee llevar flores a su tumba o llorar su ausencia sin que nadie se entere.











Tuesday, April 15, 2008

La maldita

Pues sí: Thinkerbell y su cuento para Sara ganaron el Tintero.


No es mucho mérito porque esta semana (para mi en general, todas) el concurso era lo de menos. No veáis qué cuentos taaaaaan preciosos. Es decir, votó muy poca gente, sólo dos, con lo que me ahorré un dineral en sobornos.


Lo chulo, además de los cuentos, fue la sobremesa, el debate que se abre. Hubo un contertulio que consideró mi cuento poco apropiado para niños, ya que inducía al escapismo. No veáis la que se lió.


Y, porque yo lo valgo y la Thinker más...el tema de esta semana es LA CABRA. Ahí os dejo lo que hemos perpetrado.


Marcos...no sé cambiar la hora, miniño. A ver si me enseñas :_)


LA MALDITA


Desde el momento de nacer, dejé claro que no era como los demás.
Maté a mi madre. Cierto que fue una contingencia ajena a mi voluntad, pero, tal como lo veo ahora, cuando mi destino está a punto de cumplirse, la muerte de mi madre durante el parto, el hecho que fuera la única criatura viva de aquella extraña camada de fetos deformes y que abriera los ojos a la vida en el mismo instante en que mi madre los cerraba para siempre, marcó mi existencia. Los demás no me perdonaron y fui la Maldita.
Con ese nombre se me conoce, la Maldita. Siempre aislada, siempre sola; sobreviviendo, pese a todo: las demás madres me negaron una gota de leche de sus ubres, me temían y alejaban a sus criaturas de mi compañía, como si estuviera apestada. Pero la avaricia del macho humano acudió en mi ayuda; la tragedia de mi madre y mis hermanos le había causado suficiente pérdida. No podría permitirse otra muerte, por lo que ordenó a la hembra humana que me amamantara con los sobrantes de las demás.
Crecí fuerte, hermosa, libre. Ajena a la rutina cotidiana de los demás, a su simpleza, a sus cotilleos de grupo cerrado, a sus necesidades y hábitos que únicamente giraban en torno a tres ejes: alimentarse, triscar y aparearse.
Yo no. Yo soñaba. Yo necesitaba mis sueños, mucho más que los brotes de las encinas, mucho más que el agua del arroyo.
Soñaba con seres que me hablaban. Seres enormes, seres poderosos como la tormenta, seres de la luz y del trueno. Seres que me protegían y mamaban de mis senos vírgenes. Seres que me confiaban los mejores lugares para el ramoneo, seres que me protegieron cuando aquel macho pretendió violarme.
Pero esta noche el sueño ha sido distinto: yo acompañaba a un cachorro humano recién parido. No era un cachorro humano como los demás. Era a la vez desvalido, antiguo y sabio. Tocaba una extraña tonada con un caramillo. Esa cantinela, lo acabo de comprobar, me ha enseñado el lenguaje de los árboles, de las aves y el más tosco, el de los humanos. Los árboles y las aves me lo han confirmado: soy la elegida y, en unas horas, se cumplirá el Ritual. No sé qué significa, pero intuyo algo grande, algo hermoso, en el que yo dejaré de ser la Maldita.

Llegaron a la caída de la tarde. Una manada de humanos oscuros, vociferantes y malolientes. Apenas se tenían en pie, caminaban empujándose, a trompicones, bebiendo continuamente de una ubre seca un líquido que les alocaba. Uno de ellos me ha señalado con el dedo y ha sacudido entre berridos el lugar entre las patas en el que los machos humanos tienen la verga.
He sentido pánico. El Macho humano ha asentido y han rodeado mi frágil cuello con una soga. Se me han llevado con ellos, entre cánticos que poco o nada tienen que ver con la dulce melodía del caramillo de mis sueños. De vez en cuando me hacen beber ese líquido pegajoso que mana de la ubre seca y que tiene un sabor dulce. El líquido embota mis sentidos y caigo una y otra vez, entre risotadas. Apenas siento las patadas. Tampoco las humillaciones. Sobre todo lamento no poder disfrutar de un anhelo que esperé: salir del aprisco, del monte donde pastamos y conocer el lugar donde residen los Humanos, piedras sobre piedras que a veces veo cuando subo, sola, hasta la roca más alta.
Hay cientos de humanos reunidos. Todos me miran. Todos me alaban. De todas las bocas salen dos palabras: ¡La cabra!. Siento que se aproxima el momento para el que fui engendrada y una fuerza que nace del centro de mis entrañas despeja mi mente y me reviste de toda la dignidad de mi especie. Ni una humillación más.

Subo por un oscuro túnel hacia la luz de la luna, que me guía e ilumina. Tras de mi, los pasos y los gritos. Desde lo más alto los veo a todos, expectantes. Hay un silencio como el que antecede al amanecer. Llegan por detrás y unas manos me alzan hacia el cielo. Ahora entiendo el Ritual. Es mi sacrificio. Lo acepto y mi balido de triunfo rasga la noche.

La cabra fue arrojada, como manda la tradición, desde lo alto del campanario.

Cuando su cuerpo comenzó la caída, justo en ese preciso momento, se abrieron los cielos y la cabra, lentamente, ascendió hacia la bóveda celeste mientras una música de miles de caramillos y un aroma a heno recién cortado impregnaba la noche.

Desde entonces celebramos la Ascensión de La Cabra a Los Cielos, con el alma llena de fervor y veneración, pero nunca hemos sido capaces de que el milagro se vuelva a repetir. Seguro que a alguno le falta fe.









Sunday, April 06, 2008

Cuento para Sara

Vaya...he perdido el nombre de la ilustradora (creo que era una mujer) cuya creación inaugura este post. En cuanto pueda corregiré el despiste.

He estado de vacaciones, feliz como perdiz...y alejada y fuera de cobertura de todo lo que no fuera relax y disfrute.

A la vuelta, Maldoror, que ganó el Tintero nos ha propuesto escribir un cuento para su sobrina Sara, que acaba de cumplir un añito. La peña ha escrito preciosidades; Thinkerbell esto:



Érase una vez una niña chiquitita, pelirrubia, culigordi y pecosuela que vivía con su madre y con su padre en un pueblo que a veces era grande y a veces pequeño. La niña – chiquitita, pelirrubia, culigordi y pecosuela- se llamaba Sarita Sara.

Sarita Sara a veces se ponía un poco triste porque en aquel pueblo que a veces era grande y a veces pequeño, no vivían otros niños con quienes jugar,
Así que un día, sin que su mamá lo supiera, se fue hacia un bosque, que unas veces era cercano y otras lejano, para buscar amigos y con ellos jugar a la zapatilla por detrás tris tras.

Cuando llegó al bosque se encontró con una mariposa chiquitita, arcoiris, alifina y ligeruela y le dijo:

-Mariposa, mariposina,
¿quieres jugar conmigo?

-¿Y a qué quieres jugar?

-A la zapatilla por detrás,
da tres vueltas y la encontrarás.

-No puedo, no
pues mis alas se romperán.

Así que Sarita Sara tomó con mucho cuidado a la mariposa -chiquitina, arcoiris, alifina y ligeruela- y la colocó en su pelo... y las dos siguieron su camino, que unas veces era largo y otras era corto.

Al poco rato se encontraron con una mariquita chiquitita, rojinegra, paticorta y redonduela y le preguntaron

-Mariquita, quita quita
¿quieres jugar con nosotras?

-¿Y a qué queréis jugar?

- A la zapatilla por detrás
da tres vueltas y la encontrarás.

-No puedo no,
pues mis patitas se romperán.

Así que Sarita Sara tomó con mucho cuidado a la mariquita -chiquitita, rojinegra, paticorta y redonduela- y la colocó en su pelo... y las tres siguieron su camino, que una veces era largo y otras corto.

Al poco rato se encontraron con una oruga chiquitita, anillosa, muchapata y blandizuela.

-Oruguita, oruga
¿quieres jugar con nosotras?

-¿Y a qué queréis jugar?

-A la zapatilla por detrás
da tres vueltas y la encontrarás.

-No puedo, no
pues mis anillitos se romperán.

Y Sarita Sara tomó con mucho cuidado a la oruguita –chiquitita, anillosa, muchapata y blandizuela –y la colocó en su pelo... y las cuatro siguieron su camino, que unas veces era largo y otras corto.

Y camina, caminando y juega, jugando y canta, cantando ninguna se dio cuenta de que la noche se iba echando encima y, de repente, Sarita Sara se asustó mucho porque parecía que los árboles querían agarrarla con unas manos grandes de uñas largas que les habían salido; y también sentía mucho frío y un agujero grande en la tripa cuando se acordaba de la leche caliente que le daba su mamá antes de que se acostara.

Así que la pobre Sarita Sara se puso a llorar.

-Sarita Sara, Sarita Sara
¿Por qué de tus ojos sale agua? –le preguntaron sus amigas

-Porque quiero volver a casa
y no sé por dónde se pasa.

-Nosotras te vamos ayudar,
si vuelves otro día a jugar.

Sarita Sara dijo que sí y entonces la oruguita se volvió de luz y alumbró el bosque y los árboles volvían a tener ramas en lugar de garras. Y como se podía ver, la mariposa y la mariquita iban y venían volando para indicar el camino correcto, aquel que era a veces largo y a veces corto, y Sarita Sara, muy contenta, salió del bosque y regresó a su pueblo, que a veces era grande y a veces pequeño.
Y en su casa, su mamá y su papá la estaban esperando con ganas de abrazarla... y un tazón de leche calentito para antes de dormir.

Y colorín colorado, el cuento de Sarita Sara se ha acabado

(Y colorín colorete, por la chimenea se escapó un cohete)


Sunday, March 16, 2008

EL ÁNGEL VENCIDO

El sábado leí que un anciano alemán, ex piloto de guerra en las costas de Francia, había confesado que él fue el piloto que abatió a St Exupéry.
Bien. Abatiría el avión, pero todos los que amamos al principito sabemos que el aviador se fue al asteroide, ya que había olvidado dibujar una correa de cuero en el bozal el cordero. ¿Y si el cordero se escapaba una noche, silenciosamente, y se comía a la flor?. Allá se fue St Exupéry, a corregir su olvido.
Ninguna persona mayor puede entenderlo, pero el universo no volvería a ser el mismo si el cordero se come la flor del principito.
Thinkerbell ha querido demostrar lo que todo el mundo sabe:

EL ÁNGEL VENCIDO

“No puedo llevar mi cuerpo. Es demasiado pesado”.

Salió del hangar, encendió un pitillo y se sentó a contemplar el cielo de verano. Desde aquella noche en el desierto, el aviador sólo hallaba sosiego contemplando las estrellas, aquellos pozos de roldanas enmohecidas que daban de beber a su único amigo. Recordó su obsesión del principio por encontrar el asteroide B 612, escudriñando el firmamento con los catalejos más potentes, interrogando a sabios y a charlatanes. Pensó que estaba volviéndose loco. Cuando se rindió, pudo aprender a escuchar la eterna armonía de los astros en su fluir continuo. Como en un río.
Él oía reír a las estrellas, como cascabeles. No estaba loco.

“No puedo llevar mi cuerpo. Es demasiado pesado”.
Los aliados avanzaban hacia la Provenza y el Alto Mando necesitaba fotografías de las defensas alemanas en la zona. El aviador se presentó voluntario para la misión, aún con la certeza de que jamás podría completaría. Era un piloto experto, uno de los mejores de aquella guerra que, lejos de heroica, le parecía, simplemente, una enfermedad. Llevaba en su cuerpo viejas cicatrices, heridas de otras guerras, de otras enfermedades igual de letales, igual de cruentas.
Aquella era la mejor mañana para volar.
El aviador, a los mandos de su Lightming P-38, sintió un nudo en su estómago mientras el aparato se elevaba en el aire. Un nudo hecho de remordimientos. Pensó en Consuelo, su frágil flor, y se sintió responsable del extremo dolor con que la marcaría: “Parecerá que me he muerto y no será verdad”. Soltó de su muñeca un brazalete de plata con su nombre grabado y lo colgó de una de las palancas. Alguien lo encontraría y se lo devolvería a Consuelo. Imaginó por un momento a un humilde pescador, atónito, desenredándolo con cuidado de sus redes repletas de pescaditos brillantes, y el nudo le pareció más liviano de soportar.

“No puedo llevar mi cuerpo. Es demasiado pesado”.
El caza alemán apareció desde abajo y se situó detrás de él. El aviador sintió lástima por Horst Rippert, el joven piloto que iba a derribarle y que llevaría sobre sí el oprobio de haber abatido a uno de los escritores que más admiraba.
Así era la guerra. Paradójica y despiadada hasta con los jóvenes héroes de la Luftwaffe.
El momento se acercaba.
El aviador quiso empaparse de la luz del sol y del azul del cielo de julio, retenerlos en su retina para siempre, antes de que llegara la oscuridad.
Comprobó que la libreta y el lápiz se hallaban en el bolsillo de su chaqueta. Tendría gracia decidirse a emprender tan largo viaje para dibujar una correa de cuero y llegar con las manos vacías. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde, que cada noche hubiera recordado encerrar la flor bajo el globo de vidrio y que el cordero no hubiera escapado silenciosamente para comérsela. Todo se arreglaría cuando él llegara. Con una buena correa de cuero el cordero se mantendría alejado de la flor. Entonces el firmamento podría dormir tranquilo.
Todo estaba preparado. Todo empezaba a estar bien.

Un relámpago amarillo rasgó el ala del P-38. El mismo relámpago que se clavó en el tobillo del principito la noche en que se fue para siempre.
El avión fue descendiendo lentamente hacia el mar, sin explosiones, sin quejidos, como un ángel vencido.
La caída dibujó una enorme sonrisa en el cielo azul de julio.
http://www.20minutos.es/noticia/360567/0/piloto/derribar/principito/

Thursday, March 06, 2008

LA COLECCIÓN

He estado ocupada, liada, estresada, malita...
Por eso no he escrito en El Tintero hasta esta semana.
El tema era "Encuentros y despedidas", y Thinkerbell se ha sacado esto de la pluma de ave Fénix:

LA COLECCIÓN
Cuando compruebo las fechas en los cuadernos, no puedo por menos que admirarme de lo rápido que han pasado estos años. El tiempo me engaña, se ríe de mí: anteayer mismo tenía ocho años y debía guardar la siesta, en silencio, sin moverme, mientras las horas se volvían eternas entre el sopor y las moscas; ayer comencé a trabajar en la oficina, inmóvil, callada, invisible, y así he querido permanecer hasta hoy. Mañana me jubilo y podré dedicar todo el tiempo a mi colección.
Comenzó un día por casualidad, como empiezan todas las cosas importantes de la vida. Corría buscando un lugar para refugiarme de uno de esos chaparrones traicioneros de mayo, con goterones que dolían al caer. Nunca me había permitido el lujo de entrar en la pastelería de la plaza para merendar. Siempre Madre esperando mi llegada, mirando el reloj, mirándome a mi después. Pero aquella tarde de mayo ella no me aguardaba en casa. Sólo hacía un mes que había muerto y pensé que un café caliente me quitaría el frío y una trufa bien grande la amargura.
Subí al piso de arriba, un salón coqueto con grandes ventanales que daban a la plaza. Desde aquella atalaya veía a la gente, guarecida de la lluvia bajo los soportales, esperando un sol que, de repente, volvió a reinar, enorme.
Quizá fue la sensación de bienestar que el dulce, el café y el sol me proporcionaron. Quizá fue el sentimiento de libertad recién estrenada, no recuerdo demasiado bien. Pero vi que en la plaza comenzaba algo similar a una danza: la gente salía al sol, como caracoles, se quedaban quietos bajo mi vista, en la puerta de la pastelería, miraban el reloj. Esperaban. Llegaba alguien y se saludaban, entrecruzaban sus manos, se besaban, se abrazaban...y parecía que cada uno de aquellos signos era mío y que cada uno de aquellos encuentros me iba calentando el alma.
A partir de ese día, colecciono encuentros. Me siento en un banco de la estación y miro. Me pongo frente a la estatua de la santita y miro. Me voy al aeropuerto y miro. Me apoyo en una columna del pórtico del museo y miro.
Luego corro rauda a casa y comienza el ceremonial: en la cama tumbada, con la luz apagada y los ojos cerrados. Recordando. Elijo y me pongo nombre. Por ejemplo, ayer me pedí ser la señora del abrigo azul que bajó del vuelo de Barcelona. Me llamo Julia y estoy deseando ver a mi hija Marta y a mi nieto Leo. Regreso de una consulta médica, en la mejor clínica oftalmológica del país, buscando una segunda opinión sobre mi glaucoma. Salgo por la puerta 2 y allí los veo. A los dos. Leo me reconoce y sonríe. Abrazo a mi hija y a mi nieto, los aprieto contra mi y siento el olor a colonia fresca de mi niño adorado. Soy feliz.
Es un encuentro típico de cuaderno azul, porque hay niños. Los de cuaderno rojo son de amor y desamor. Cuando era más joven los prefería, aunque a veces sentía tanto dolor que permanecía triste durante toda la semana. Recuerdo cuando volví a ver a Joaquín, después de dos años del adiós. Lloré durante toda la noche. Y me gustó. He contado veinte cuadernos rojos porque he amado mucho en esta vida, intensamente, con sus luces y sus sombras. El amor siempre es lo más importante, puedo asegurarlo.
Los negros son cuadernos que dan miedo. Una vez me encontré, a la vuelta de la esquina, con los chicos más matones de mi clase. Me pegaron y me quitaron el dinero del bocadillo. Me quedé tirada en la calle, esperando que alguien se compadeciera de una niña cojita y me recogiera del suelo. Fue atroz.
Tengo más, muchos más. Miles de encuentros perfectamente ordenados por fechas y colores.
Y muchos más que seguiré atesorando ahora que, por fin, seré dueña de mis mañanas, mis tardes y mis noches. Añadiré encuentros a mi colección, sí, quizá varios cada día.
Me dedicaré a vivir muchas vidas, todas las que desee.
Mientras me quede tiempo

Thursday, February 14, 2008

PICARDÍAS


Mi vesina la Fefa ganó con un relato de novela negra muy, muy currado.
Y no se le ocurre otra cosa que proponer de tema "Camisón".
Para que no me llaméis triste o vampírica, esta semana me he puesto levemente frívola...
allá va:
PICARDÍAS

Frente al escaparate de la lencería, Raquel no pudo por menos de acordarse de uno de los Consejos para la Vida legados por su abuela Carmen:
“Y guárdate un camisón sin estrenar, hija mía, por si te tienen que ingresar en un hospital”.
No era aquella una tarde para pensar en hospitales. Febrero se había disfrazado con un sol primaveral, algo acatarrado, que, aun sin calentar el cuerpo, conseguía que el final del invierno se presintiera. Un engaño, porque aún quedaban heladas para asesinar los insensatos brotes del seto. También la escapada romántica a la que Antonio la había invitado podía ser un espejismo. Como el sol de aquella tarde de febrero.
Pero, aún así, Raquel se hallaba frente a un escaparate de lencería, sintiéndose entre ridícula o cobarde. Si se dejaba llevar por su fantasía y resultaba que Antonio carecía del toque gamberro que ella le había intuido, volvería a hundirse en el fango de la ignominia y perdería la poca dignidad que le quedaba. Si, por el contrario, no se atrevía, se iría convirtiendo en una respetable señorita de mediana edad, y se vería obligada a ataviarse con un collar de perlas majórica y un traje de chaqueta. Terrorífico.
Por eso quizá había llegado el momento de cumplir con un viejo sueño: emular a aquellas divinas actrices de la época del destape y sorprender a su recién estrenado amante con un numerito inolvidable que marcaría un antes y un después en su relación. El escenario, la habitación del hotel de París donde pasarían el fin de semana. Antonio en la cama, esperando con ansiedad que ella salga del baño. Se abre la puerta e, iluminada por suave luz, aparece ella, sensual y voluptuosa, esparciendo feromonas a su alrededor ( y ahí viene la parte más fashion del programa de festejos), vestida para la ocasión con un picardías transparente rojo con encaje negro, o con un transparente picardías negro con encaje rojo. Y liguero a juego, por supuesto.
Era una apuesta demasiado arriesgada. Al fin y al cabo, apenas hacía un mes que se habían conocido y todo parecía tan fluido y fácil entre ellos que Raquel aún permanecía sumida en cierto estado de estupor. Porque la aparición de Antonio en aquel momento preciso de su vida parecía el resultado de que los dioses, reunidos en asamblea, y con una conjunción astral favorable, hubieran decidido hacer un acto de justicia poética y compensarla por todos los escarnios con los que, en materia de amores, fue obsequiada en el pasado. Vestirse de Nadiuska en su primer viaje romántico quizá fuera algo excesivo, por mucho que a ambos les gustase compartir travesuras.
Pero también habían sido demasiados años de pijamas de franela y de camisetas viejas de algodón y demasiados años con un camisón de novicia guardado en el cajón por si un día tenía que ingresar en un hospital. Un hombre que te gusta tanto como para que te embadurnes la cara con serum alisador con efecto lifting y partículas de caviar en tu primera cita, es una oportunidad única en la vida, y Antonio se merecía que ella le enseñara su esencia de payasa en la Ciudad del Amor.
Y, como desde hacía un mes había recobrado la fe en los dioses y el sol de febrero le estaba dando la razón, entraría en aquella tienda y se compraría el picardías más hortera que encontrara.
Total, para lo que le iba a durar puesto...

Wednesday, February 06, 2008

LA MÁSCARA BLANCA

Thinkerbell ganó el Tintero con ese viaje a La Habana...ains: cómo se nota cuando las palabras salen del corazón (poniéndolo todo perdido).

Ya que estábamos en Carnaval, nada mejor que proponer como tema de escritura un "Baile de máscaras". Aquí podréis leer el relato de la Thinker...con un malo muy, muy especial :-P

LA MÁSCARA BLANCA

Sobre la mesa, máscaras. Máscaras serenas, grotescas, solemnes, exóticas, hermosas. Máscaras para el último viernes de carnaval. Máscaras para salir de caza.
La manos frías y transparentes de Antonio Rocco della Valera, deán del distrito de San Marcos, acarician cada una de aquellas caretas. Es una ceremonia que se repite cada año, desde que hubo una primera vez en la que se sintió con poder suficiente para hacer realidad aquellas fantasías inconfesables. Su fiel Beppo, el único que conoce su secreto, las rescata de un oculto nicho y las expone con mimo sobre la mesa del gabinete privado a las doce de la noche del último viernes de Carnaval, para que él las palpe con los ojos cerrados, rememorando con deleite sensaciones vividas de placer extremo, recreándose en los recuerdos de susurros y de gritos ahogados, reviviendo un latido que se extingue entre sus dedos. Hace falta toda su férrea voluntad para abortar la erección. Todavía es pronto, más adelante.

Lucrecia Batista gira sobre sí misma, arrebolada, borracha de gozo. Es la primera vez que su padre le ha permitido asistir al baile della Cavalchina, en la Fenice; y Lucrecia, sus dorados cabellos cubiertos por la mantilla, sus glaucos ojos tras el antifaz, y un vestido que estrena de audaz color magenta, danza y danza entre bailarines anónimos cuyos verdaderos rostros y verdaderas identidades han sido suplantadas por máscaras serenas, grotescas, solemnes, exóticas o hermosas. Mañana, después del desfile de góndolas, cada uno volverá a sus grandezas o a sus miserias, pero ahora ricos y pobres danzan y el uno es el otro y el mañana no existe en esta última noche de Carnaval.
Lucrecia Batista gira sobre sí misma hasta que la danza, la opresión del corpiño y la vorágine de colores a su alrededor están a punto de desvanecerla. Una mano enfundada en un guante de suavísima piel blanca ciñe su breve cintura para evitar la caída y Lucrecia atisba, entre la bruma que precede al desmayo, una maschera nobili, blanca, neutra, sin facciones. Una máscara que no propone, solo oculta. Después, todo se torna negro.

Le despierta el frío y un intenso aroma a incienso a su alrededor. Sobre sus ojos, la máscara blanca y unas manos casi transparentes que surgen de una capa negra de seda, que arrancan su corpiño, que manosean con lascivia sus albos senos, que impregnan su piel con el sudor gélido de la lujuria desatada. Ella adivina lo que va a ocurrir y llora suavemente, implorando clemencia. Encima de ella, la máscara blanca se agita cada vez más convulsa mientras las manos viscosas de reptil se ciernen alrededor de su cuello y lo aprietan al ritmo de los embistes, cada vez más fuerte, cada vez más hondo, hasta el espasmo final. Después, de nuevo la calma, una oración susurrada a toda prisa y el silencio.
- Arroja el cuerpo al Canal y vete a casa- le dice a Beppo. Y el hombre de la máscara blanca y la capa negra de seda, vuelve la espalda y se va.

Beppo Batista enciende el candil y se dirige, cansado, hacia el fondo del callejón. La tenue luz ilumina el vestido magenta que su hija estrenaba y un terrible alarido de animal herido brota de sus entrañas y se confunde con la traca de fuegos artificiales que ponen fin al Carnaval.

El desfile de góndolas enfila el Gran Canal. Las luces de las antorchas encendidas apenas consiguen hacerse ver entre la espesa niebla con la que la laguna se venga por tantos días de excesos. Empieza Cuaresma y el ambiente fantasmagórico se alía con ella y contribuye al deber de recogimiento y penitencia. Hay un pesar en los corazones de las comparsas que, resacosas, lloran por el Carnaval que ha concluido.
La primera góndola va a pasar bajo el Puente de Rialto, pero se detiene de improviso cuando un clamor unánime sale de las gargantas de los pasajeros. Las antorchas, con su escasa luz de fuego fatuo, han iluminado un cuerpo desnudo que, ahorcado, se bambolea como un ridículo muñeco.
Es el cadáver de Antonio Rocco della Valera, deán del distrito de San Marcos. Apoyadas sobre el puente, en extraña exposición, trece máscaras y trece nombres de mujer.

Thursday, January 31, 2008

RABO DE NUBE



La semana pasada ganó el Tintero Ritman (blues), uno de mis escritores preferidos. El tema que ha propuesto para esta es "Vientos del Caribe", lo cual me ha ofrecido una oprtunidad largamente soñada: Volver a Cuba.
Es lo que tiene la imaginación de los pobres: a falta de pecunio, cerramos los ojos y...¡a volar!

Os dejo el relato que la Thinkerbell ha escrito esta vez. Los escenarios y alguno personajes son reales. Ojalá la vida me permita volver a estar con Galia Chang. Y con Olga Marta...



RABO DE NUBE




Mientras espera la llegada del camello, Galia Chang mata el tiempo contemplando cómo una luz marengo se empieza a adueñar del horizonte. A esas horas del atardecer, el Caribe se viste con un camisón de plata para echarse a dormir, pero hoy, muy a lo lejos, hay una columna gris. Va a cambiar el viento.

- No tengas pena, m´hijita –dice la voz del señor Alejo- No es un rabo de nube, ya tú ves, sólo que se nos viene encima un Gusanero

Cuando la radio avisa de que se avecina un gusanero, los habaneros se apresuran a colgar de azoteas y balcones los artilugios más inverosímiles para que ejerzan de antenas, en dirección a Florida. El paisaje urbano se llena de palos de escoba que sujetan perchas, esqueletos de paraguas enhiestos de cables o tremendas cazuelas oxidadas de cuyo centro parten mástiles. Tecnología de supervivencia para robar una noticia subversiva o el final de la telenovela de moda. Todo vale para que el gusanero, el viento que viene de Miami, consiga entrar en casa.

Galia Chang y el señor Alejo suelen encontrarse en el camello que sale a las 7 de la calle 23 de Vedado y que dos horas más tarde llega a Alamar, donde ambos viven. De compartir trayecto se conocen y, de vez en cuando, si el cansancio de Galia Chang lo permite, conversan. El señor Alejo es un viejito ,prieto alto y muy delgado, casi quijotesco, que gusta de ganarse la vida de manisero. Pasea su mercancía buscando turistas europeas a las que embelesa con su figura de postal típica y sus halagos. Vive agregado a una hermana ciega cerca de Galia Chang, en un cuartucho húmedo y sin ventilación que no hace más que agravarle el asma que padece. Puede que hoy Galia Chang comparta con él parte de los antihistamínicos que Esther le ha mandado desde Madrid con unos amigos. El paquete es enorme y Galia Chang sonríe pensando si además de los medicamentos, se habrá acordado del conjunto de lencería rojo que le prometió. Pero llega el camello, como un dragón metálico y renqueante, y ambos se introducen en sus tripas para iniciar el regreso a casa.
Hoy queda un hueco cerca de la ventanilla para ver cómo el muro del Malecón, como en cada puesta de sol, se va llenando de grupos de jóvenes y música. Es una estampa diaria que a Galia Chang no le llama la atención. Esta vez no puede apartar los ojos de la columna gris, que le atenaza el ánimo.

- Tremendo nubarrón, m´hija. Voy a contarte una historia de cuando era un finito en casa de mi abuela, allá en Pinar del Rio, pa ver si te quito esa cara de ajalolá que tienes hoy. Ocurrió que se nos venía encima un ciclón, no recuerdo el nombre, pero era del tiempo en que todos llevaban nombre de mujer, vaya a verse el sentido. La casa de la abuela Inés era, por entonces la única de ladrillo cocido, con un buen tejado de hormigón que el abuelo y mi padre le habían colocado para que durara su tiempo. Cuando el primer tornado apareció y el rabo de nube se llevó los bohíos de los alrededores, los vecinos corrieron a refugiarse a la casa de la abuela Inés, en la que ya estábamos todos nosotros, con lo largas que entonces eran la familia. Yo, con la inconsciencia de la niñez, jugaba a carreras por las habitaciones junto con mis hermanos, primos y vecinillos: ya tú ves: un ciclón dentro y otro fuera. Para nosotros era una fiesta especial. No dejaban de tocar puerta y de venir. El viento soplaba com si quisiera arrancarnos, y los truenos retumbaban en nuestros oídos. A cada uno de ellos la abuela Inés relataba.
- - Santa Bárbara bendita, acompáñanos; San Isidro labrador, acompáñanos; Santa Virgen de Regla, acompáñanos- Y yo, que miraba pa´alrededor y solo veía cabezas le solté:
- - ¡Quite ya, viejita, que ya no hay casa pa tanta gente!
El interior del camello estalló en una carcajada a la que siguió un apretado aplauso.
Galia Chang, entonces, decidió que aquella misma noche, así se la llevara el gusanero, bajaría al cuartucho del Señor Alejo y, además de los antihistamínicos, compartiría con él un vasico de ron. Por el buen rato.


Wednesday, January 23, 2008

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL SIDA



El Capitán Alatriste, que ganó el Tintero anterior, ha querido rendir homenaje a la famosa novela de García Márquez, tan de moda gracias a la película. Hace muchos años que leí el libro, me acuerdo que estaba convaleciente de una operación. De él recuerdo, especialmente, la escena en que la protagonista, una chiquilla criolla, visita el mercado acompañada de su ama. La historia de amor en cuanto tal...no demasiado.


He querido actualizar el tema propuesto. La escritura del relato me ha costado especialmente por micercanía a lo que relato. No ha sido mal ejercicio...



EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL SIDA

En sus manos, aquellas fotos. Desde que escuchó las palabras del médico pronunciando la absolución, Flor deseaba, más que cualquier otra cosa, llegar a su alcoba, rescatarlas de su escondrijo y atreverse a mirarlas.

Fermín y ella tenían dieciséis años cuando se besaron por primera vez, después de largos meses presintiéndose por los pasillos del Instituto. Aquella mañana comenzaban las vacaciones de Navidad. Se escaparon de la mano, entre una barahúnda insolente de muchachos que corrían por las calles del casco viejo, ebrios de vida y de vino barato. Fermín y ella, que entran en un fotomatón para inmortalizar su primer día juntos: cuatro fotos desteñidas en las que dos adolescentes se descubren, se miran, se ríen, se abrazan. Para siempre.
Bajo el pedestal de la estatua de un desconocido a caballo, alguien del grupo les pasó el canuto y ellos aceptaron. Aquella fue también su primera vez.
Eternamente inocentes.

Recuerda el concierto, no así quién oficiaba aquella desenfrenada liturgia de excesos. Daba lo mismo. Cualquier excusa era buena para continuar la juerga, para empalmar los días con las noches siguiendo un único rumbo: el que señalaba el descenso en picado hacia la ruina. Por aquellas fechas comenzaron los trapicheos, los tirones de bolsos a las indefensas abuelas, las entradas y salidas a comisarías, la desesperación de su madre. ¡Qué importaba! Fermín y ella siempre juntos, durmiendo dónde podían, cada día más flacos. Le amaba tanto que hubiera dado todo por él. Incluso su dosis diaria.
No consigue recordar bien los detalles de aquella foto. Fermín la envuelve entre sus brazos; quizá estuvieran sujetándose el uno al otro para no caer al suelo. A su lado Elena y Toño y, por detrás, Jaime Gonzaga. De los cinco, sólo ella sobrevive.
Eternamente jóvenes.

Le comunicaron el embarazo al mismo tiempo que la infección por V.I.H. Si la primera noticia la dejó perpleja y confusa, esperaba la segunda sin engañarse. Alguna vez Fermín y ella habían conversado sobre aquella pandemia de la que sólo se sabía que mataba. Y aceptaban su destino, cómo no, siempre que les alcanzara juntos. Incluso alguna vez habían fantaseado con emular a Romeo y Julieta e hincarse la muerte en vena antes que dejarse vencer por aquellas vergonzantes pústulas.
Un instinto antiguo, sin embargo, iba creciendo en su interior al mismo tiempo que aquella pequeña vida que, tozuda, resistía. Y por esa fuerza que emanaba de sus entrañas aceptó la ayuda de su madre, que les pagaba el alquiler, les llenaba el frigorífico y les acompañaba al médico.
Sin embargo no fue capaz de contagiar a Fermín con ese germen de esperanza. Fermín se iba. De casa, de su lado y de su vida. Ella, a veces, le seguía; por protegerle, por estar a su lado. O porque eran muchos años buscándose la vida. Pero bastaba con sentir el movimiento de su hijo, una marea en su vientre, para que recobrara las ganas de salir adelante.
Tomaron la foto el día que, por fin, se pudieron llevar a la pequeña Sara a casa. Y la imagen es una premonición : ella sonríe con su niñita en brazos. Fermín, cerca, aparece difuminado, consumido, ajeno.
Eternamente unidos.

Acababan de confirmar que la niña había neutralizado completamente los restos de VIH heredados de su madre y que, definitivamente, estaba sana. Flor apenas había empezado a desprenderse de la angustia de aquellos meses de incertidumbre cuando, una mañana, encontró a Fermín agonizando. Se tomó aquellos instantes que les quedaban para volver a mirar sus ojos adolescentes como en aquella foto, para envolverlo entre sus brazos como él hizo con ella en aquel concierto, para verter en su oído las palabras más hermosas. Cuando se fue, sintió que una paz desconocida le sembraba el corazón de sal.

Hoy el médico le ha dicho que su sangre no revela signos de la enfermedad, aunque ésta haya marcado su rostro con una máscara inconfundible.
Sara tarda en volver del Instituto y Flor se estremece de miedo, con las fotos entre sus manos.
Eternamente

Tuesday, January 08, 2008

ÚLTIMA CARTA




Antes de nada...¡Feliz 2008, gente!.
Os dejo el relatillo del Tintero de esta semana.
Tema propuesto por Angeliko: "Leer entre líneas".
Estoy con una contractura en el hombro que pa qué...
ÚLTIMA CARTA
Ahí estaba. Escondida entre la maraña de propaganda, traviesa, apareciendo entre las demás como aquellos payasos de muelle que saltan al abrir el regalo en las películas de dibujos animados. ¡Sorpresa!.
No había sorpresa. Llevaba esperando aquella carta desde que la mirada de él le susurró “yo también te amo” por detrás de la mampara de cristal de la Caja. Meses de signos cómplices, semanas de palabras disfrazadas, días de sutiles caricias al intercambiar recibos, noches esperando el alba y la hora de apertura al público del Banco donde él trabaja. Sabía que, en algún momento, él pergeñaría la mejor manera de propiciar un encuentro. Los dos libres del disimulo. Por fin.
Sus piernas, a menudo torpes e hinchadas, subieron las escaleras al ritmo galopante que marcaba su corazón. Necesitaba rasgar aquel sobre, desvelar su contenido, empaparse con sus palabras, rebozarse entera con aquel papel que sus manos habían tocado. Sonrió admirando la brillante estratagema de esconder el mensaje bajo la apariencia insignificante de otra común carta del Banco.
No perdió tiempo en quitarse el abrigo. En el mismo vestíbulo de su diminuto piso arrancó el papel y con la ansiedad percutiendo en sus sienes devoró el texto escrito en cualquier imprenta. No entendió nada. ¿De qué productos financieros hablaba?.
Tomó aire y trató de tranquilizarse. Nada mejor que acogerse a sus rutinas, a su batita de estar en casa, sus zapatillas y su poleo caliente, para recuperar la calma necesaria que le ayudara a desentrañar las claves ocultas del mensaje. Porque estaba claro que su jovencísimo cajero, audaz y prudente, había enmascarado sus palabras para que sólo ella pudiera leerlas. Desconectó el teléfono. Evitar las distracciones, concentrarse, encontrar el hilo para desenredar el misterio.
La despertaron al mismo tiempo una revelación y el relente de la madrugada. ¿Cómo es posible que no se le hubiera ocurrido antes? Había perdido toda la tarde y buena parte de la noche recosiendo palabras a partir de la primera letra de cada línea, o de la tercera a partir de punto, o las que se correspondían con fechas señaladas: su cumpleaños, su jubilación, el día en que abrió la cuenta, la primera vez que él le dijo “Qué guapa estás, Manolita”. Y había encontrado absurdos, paradojas, tonterías. Hasta que en sueños recordó la receta de la tinta invisible. ¡Cómo había sido tan estúpida! Lo había leído cientos de veces en sus novelas de amor. Zumo de limón en lugar de tinta y pasar la plancha caliente para que apareciera, como por arte de magia potagia, el codiciado mensaje. Le imaginó en los baños de la sucursal, escondido de sus compañeros y jefes, impregnando con sumo cuidado el fino pincel, escribiendo con prolija caligrafía entre las líneas de aquella fría misiva que ahora ella se sabía de memoria y dio gracias a todos los dioses por haberle regalado, a las puertas de la vejez, la pasión y el romanticismo de un hombre con tanta ternura como su jovencísimo cajero.
Pero el calor de la plancha sólo le produjo una nueva decepción y esta vez no pudo reprimir un llanto que la desbordó sin desahogarla. Luchaba contra un cansancio antiguo, hecho del cúmulo de muchas derrotas, y no encontraba báculo donde apoyar las pocas fuerzas que le quedaban para seguir buscando. Sólo la sostenía la convicción de que no podía perder la última oportunidad que la vida le deparaba. Por eso esta vez seguiría escudriñando aquel odioso papel hasta dar con la llave que abriría la puerta de su felicidad. Era de justicia.

Cuando los bomberos consiguieron entrar en su domicilio, Manolita seguía llorando, rodeada de un puzzle inconcluso de palabras recortadas de cientos de cartas de su entidad bancaria. La voz de alarma la había dado una teleoperadora argentina, preocupada porque una señora mayor no cesaba de llamar a Atención al Cliente preguntando día y noche por su amado, un jovencísimo cajero cuyo nombre desconocía.


Tuesday, December 11, 2007

LA MUÑECA



De nuevo gané la edición del Tintero. Y tan contenta, la verdad.
He propuesto el tema de "La muñeca" porque me parece bastante sugerente.
Acabo de colgar el siguiente relato, por cambiar de registro y dejarme de mendigos, pícaros y mendicantes en general.


TIENDA DE ANTIGÜEDADES
Hubiera jurado que ayer mismo esa tienda no existía. No le extrañó: últimamente sus paseos por el barrio, no eran sino un vagar de autómata, un engaño para distraer el rumor perpetuo de su mente. Marie.

Sin embargo, allí, parado ante aquella tienda de antigüedades, algo similar a un presentimiento le iluminó por dentro. Encontrar un regalo para Marie. Algo único, sólo para ella. Algo que consiguiera devolvérsela para siempre.

Decidido, empujó la puerta. Un sonido de mil campanillas anunció su llegada mientras sus ojos se iban acostumbrando a una penumbra apenas rota por la luz marchita de algún quinqué ubicado en cualquier lugar inverosímil del local.

No pudo por menos de maravillarse: la tienda era una gran tela de araña en la que alguna deidad caprichosa se había entretenido arrojando todos y cada uno de los objetos que alguna vez existieron. Admirado, desconcertado y aturdido intentaba hacerse paso entre la montonera, descubriendo aquí y allá dentaduras postizas, peines, frascos vacíos, diarios viejos, cajitas de rapé, libros sin tapa, violines sin cuerdas, lágrimas de cristal, juguetes de hojalata, pamelas, bombines, viseras, soperas de porcelana, banderas, retratos en sepia de jóvenes muertos, maniquíes desnudos... Conmocionado, creyó distinguir la sonrisa de una mujer balanceándose de un gancho de carnicero, pero no era sino un reflejo. O quizá una alucinación.

-Disculpe por la oscuridad- dijo una voz a sus espaldas- pero la instalación eléctrica en este barrio falla constantemente.

El viejo parecía uno más de aquellos cachivaches de pesadilla. Su voz apenas se distinguía del crujir de las tablas del suelo.

-Buscaba algo especial-atinó a responder
-¿Para una dama, quizás?. Una joya siempre es apropiada. Venga conmigo.

Le llevó ante un mostrador y fue desperdigando un surtido de fruslerías ajadas por la pátina del tiempo. Un camafeo consiguió llamar su atención, pero lo desestimó en seguida. No era eso lo que buscaba.

El viejo le clavó la mirada. Una llama maliciosa se abrió paso en sus ojos:
-Si lo que realmente desea es algo único, creo que lo que voy a mostrarle le va a interesar. Sígame.

Le condujo a la trastienda, una especie de cueva fétida en la que la amalgama de trastos inútiles era aún más intrincada, aún más oscura.
En un anaquel, de frente, brillaba con luz propia una muñeca.

La vio y, al instante, sintió que todo a su alrededor se desvanecía. La sonrisa inexpresiva de la muñeca actuaba como un inmenso imán al que era imposible oponer resistencia. Su voluntad y sus sentidos estaban siendo absorbidos por ese ser cuyas facciones se diluían hasta convertirse en las de su amada Marie.
Muy a lo lejos oía la voz del viejo, a pesar de que el aliento de su boca le rozaba la nuca:
-Esta muñeca tiene su historia, monsieur. Pero ahora no es tiempo de contarla. Sólo puedo decirle que mujeres muy importantes la han tenido bajo su custodia. Sin ir más lejos, se encontró al lado del cuerpo sin vida de Romy Schneider, aquella inolvidable y desdichada actriz.

La necesidad de tomarla entre sus brazos se adueñó de él. Cuidadosamente, si fuera un hijo recién nacido, la bajó de su altar y la meció, mientras su mente canturreaba las antiguas nanas con que su madre le dormía. Toda la tristeza del mundo se le agarrotó en el corazón. Toda su fuerza vital, todas sus esperanzas, todas sus ganas de vivir estaban siendo suavemente devoradas por la sonrisa de la muñeca. Era tan fácil dejarse llevar...

El viejo continuaba ya apenas audible:
-No debiera dudar en llevársela si en realidad lo que más desea en el mundo es recuperar el amor de Marie.

Marie. Escuchar su nombre rompió el hechizo; entonces pudo comprenderlo todo.
Aterrorizado, arrojó la muñeca en brazos del viejo y salió de aquel lugar, derrumbando a su paso los miles de objetos que interceptaban su huida, rasgando para siempre la telaraña hasta conseguir respirar el aire del boulevar. No miró atrás.

- Imbécil- dijo la muñeca al viejo- Lo has echado todo a perder.





Tuesday, December 04, 2007

Cuento de Navidad


El tema de "El Tintero", en esta semana, es
la hipocresía.
Con mi pícaro quedé segunda...por un voto.
La verdad es que cada vez me la trae más al pairo la cuestión del pódium, ni os imagináis la gresca que se monta por eso.
Bien, ahí os dejo mi particular cuento de Navidad, época hipócrita donde las haya
A las doce de la mañana del día de Navidad, el juez ordenó el levantamiento del cadáver de Belén Pastor Reyes, la indigente que, desde finales del verano, pernoctaba en los soportales de Lefties, en la Gran Vía madrileña.

La noche anterior, sobre las 9, Moisés Falsario, guardia de seguridad de la tienda, vio como la ahora difunta procedía a envolverse en el revoltijo de mantas mugrientas del que él mismo la extraía a primera hora de cada mañana, antes de que llegaran sus jefes. Pensó en telefonear a los municipales para que le proporcionaran albergue en esa noche tan señalada, pero temiéndose otro chorreo de ofensas y recordando que la Renfe cerraba a las diez, optó por echarse una carrerita para, con un poco de suerte, llegar a su barrio con tiempo de tomarse unas cañas con los colegas antes de cenar.

Una hora después, Dª Pura García de Engaño se detuvo ante el escaparate de la tienda atraída por el reclamo de un chaquetón rebajado. Con el rabillo del ojo atisbó un bulto informe entre las sombras, que no tardó en relacionar con alguno de los muchos mendigos que infestaban las calles de la ciudad, como una plaga inmunda venida de no se sabe dónde y cuya presencia deslucía la alegría y la paz de aquellas entrañables fechas.
- El Ayuntamiento debería recogerlos- pensó- que mira que molestan.
Y siguió su camino, Gran Vía abajo, mientras trataba de decidir si regalar el chaquetón rebajado a la estúpida de su cuñada o endiñarle el frasco de colonia de la cesta de la empresa. Bien envuelto, eso sí.

Cerca de la una, los señores de Falaz y sus dos hijos adolescentes, retornaban a su domicilio después de asistir a la misa del Gallo en medio de una monumental bronca. La discusión, motivada por la hora de regreso a casa en Nochevieja de los dos retoños, originó una taquicardia de tipo nervioso en Dª Hipólita, la madre de las criaturas, sobre todo al escuchar del hijo que tan esmeradamente había educado, que pasaría olímpicamente de visitar a su abuela en la Residencia de no ser reconocidos sus derechos de libertad horaria. Mientras esperaban que la madre recobrase la calma se fijaron en el amasijo de mantas, oportunidad que no dudó en aprovechar el señor padre para señalarlo como ejemplo del futuro que podrían esperar de proseguir con sus ansias de vida disoluta y descarriada. Recuperada la señora de Falaz del soponcio, reemprendieron marcha y discusión.

Sobre las tres y media de aquella madrugada, tres cooperantes de la “Fundación Madre Amparo pro Damnificados del Dengue”, hicieron una parada en la esquina de Valverde para vaciar el esfínter, a punto de rebosar tras una copiosa cena de hermandad en la que la ingesta de alcohol había alcanzado dimensiones épicas. Mientras competían en concurso por la cantidad y longitud de las meadas, advirtieron un cuerpo completamente sepultado bajo una maraña de trapos, y, como pudiera esperarse de tres jóvenes de espíritu solidario y altruista, corrieron hacia el presunto necesitado con la intención de darle auxilio. Sobre todo en una noche como aquella. Pero por más que agitaron, sacudieron y zarandearon, no pudieron sacar de aquello más que una serie de gruñidos, interpretados por el segundo clasificado, logopeda de profesión, como un “´Jame en pá, joé”, voluntad que acataron encantados de poder seguir la juerga sin complicaciones.

Ya amanecía cuando varios asistentes a la Kdada navideña del Canal “Gótikos” llamaron al 112, al observar que las maniobras de reanimación que el conocido como WalPurgis ejercía sobre el cuerpo de una indigente que yacía en los soportales de Lefties, en la Gran Vía madrileña, no encontraban respuesta alguna.
Las únicas luces que brillaron en aquel amanecer fueron las de la UVI móvil que se desplazó al lugar de los hechos. La única melodía que se escuchó fue el ulular insistente de las sirenas de la policía. Los chicos de la Kdada y los trabajadores del servicio de limpiezas dieron en silencio el último y único adiós a Belén Pastor Reyes.
Aquella no fue una Feliz Navidad.









Saturday, November 24, 2007

EL PÍCARO

Pues, niños y niñas...¡Mis heavys ganaron el concurso semanal del Tintero!
Tan contenta que me puse, ya tú ves...
El premio consiste en proponer el tema de la edición siguiente, así que la Thinkerbell, pa compensar el efecto astringente de la semana anterior, ha querido que los contertulios eligieran libremente un título de la obra de Fernán Gómez y escribieran sobre ello.
La Thinker ha escrito esto:

EL PÍCARO


Cap. IV: De cuando Fernán de Gómez se empleó de asustaviejas.

Aconteció que una vez recuperados mis pobres huesos de la tunda de aquellos cabezas rapadas, víme de nuevo en la santa calle y con la panza mal acostumbrada a las sopas y purés de la Seguridad Social.
Durante tres días vagué por las muchas obras que en la Capital se hacían, buscando empleo de peón de albañil y encontrándome con que oficiales y capataces preferían dar trabajo a otros desharrapados pero de distinta color de tez que, al carecer de papeles, carecían asimismo de derechos y contentábanse con limosna en vez de sueldo.
Más quiso Fortuna que El Miserias volviera a cruzarse en mi camino y, buen conocedor de albergues y sitios de caridad donde descansar huesos y aliviar gazuza, ofrecióme auxilio y yo, convencido por los palos recibidos de que no es lugar seguro para reposo un buen lecho de cartones, accedí gustoso a ello, aunque precavido, pues de sobra conocía las triquiñuelas del Miserias, más empeñado en vivir sin arrimar el hombro que en hallar ocupación honesta cual era mi caso.
Poco tardé en confirmar mis temores, ya que mi compañero vino en proponerme negocio, el cual tan fácil parecía que al instante tuve sospecha. Consistía en compartir techo con otros tantos mendas, mas con el encargo de causar destrozos y organizar timbas y saraos estrepitosos y a deshora. A cambio, además de cobijo, recibiríamos cumplido jornal.
El inmueble en cuestión hallábase sito en la Calle de la Luna y era más esqueleto de ballena que edificio habitable. Ocupamos junto al resto del clan de alborotadores lo que en tiempos pudo ser ático, hoy cochiquera, y, cada vez que obligado me veía a subir y bajar por aquellas escaleras sin luz que alumbrara, temía caerme hasta el infierno, pues los peldaños, de roídos, parecíanme de papel más que de madera y tal era el crujir en la pisada que semejaba a aquel que dicen de los dientes de condenados en el Averno.
Pronto me dio el entendimiento en conocer que había hecho acuerdo sólo para alejar de aquel antro al resto de vecinos, gente de mucha edad y mucha pobreza, con el fin de que los patrones dispusieran a su gusto y sin mucho gasto de aquel emplazamiento para futuras y carísimas construcciones, lo que más riqueza les deparase. Aunque asqueado, el bisnes permitíame cierta bonanza, tan añorada otrora, mientras continuaba vía crucis en busca de laboro. Y en eso continué, acallando conciencia, mientras pasaba las noches aguantando regaettones y curdas de los demás, entregados a cumplir su encargo con pasión.
Mas poco dura la dicha en la casa del pobre, pues héte aquí que los oros se volvieron bastos una tarde que regresaba de mi habitual periplo y encontréme, en el zaguán, con una viejecita cargada como mula, con incontables bolsas de comida, apenas arrastrándolas por el mugroso suelo. En el fondo de mis tripas removióseme un sentimiento antiguo, no mariposas, como acostumbran a decir de los enamorados los afectados por el ridículo y la cursilería, sino más bien la añoranza de madre, pues, no habiendo conocido a la mía, dióle al magín por pensar si de estar viva podría hallarse en tal situación, sin socorro de mozo que cargar sus bolsas pudiera. Así que, tocado por gentileza acudí presto en su amparo, con tal mala ventura que, en estando en el tercer piso, rugió la madera con tal estrépito que fuera aún mayor en comparanza y fiereza con la erupción del Vesubio que acabó con Pompeya, y derrumbóse la escalera arrastrándome con ella en su bajada, así como las bolsas de la señora vecina.
Y de nuevo hállome en el lecho del dolor en el hospital del que había salido apenas una semana antes. Las sopas y purés que hicieron mi delicia no son sino caldo a tomar con pajita, pues el episodio de la escalera dejó mi boca viuda de dientes, acompañada en el duelo por quebranto de tibias y peronés. Cierto es que al dolor de encontrarme en tan lamentable estado súmase el pavor a ser de nuevo puesto en circulación, pues es sabido que el desplome fue noticia a destacar en los informativos locales, destapándose a su vez la trama de desalojo inducido del vecindario de la Calle de la Luna. Por esta razón el colega Miserias, sus compadres de cuitas y los amos del negocio, andan clamando venganza contra mi persona, jurándome matarile en cuanto les llegue oportunidad.
Así pues, aprovecharé la mi nueva condición de héroe para rogar ante las cámaras por un empleo decoroso, pues en servirse de fama para noble fin no existe pecado.
Como dijo el otro, la vida es un extraño viaje. Pudiera ser.