
Peeeeeeeero...mañana mismo me piro de vacaciones al Cabo de Gata, ele. Nos vamos Ana (mi compa,)y yo. En plan Thelma y Louise, pero sin pistolas y con ganas, only, de descansar, que farta nos hace a ambas.
O.N.G. hermanada con "Gilipollas Sin Fronteras"





Fue el regalo estrella de estas Navidades. Se lo debo a mi adorado Santi, que me conoce pero que muy bien.

Es una maldición, me consta: todos los otoños y aproximadamente durante una semana, me pillo una laringitis aguda y me quedo sin voz. Además este año la maldición se me ha manifestado aún más joputesca si cabe: hasta que me ha noqueado del todo, me ha tenido machacadita perdida con décimas de fiebre todo el p. día y la p. noche. Y yendo a currar por esa especie de pundonor (o gilipollez suprema) de "Pero si no tengo fiebre...". Fijarse cómo he estado de chunga que el jueves, con un aborígen XXL, junté a todos los de segundo y les puse esa peli taaaaaan didáctica ella llamada "Scary Movie 4". No dieron ni pizca de guerra, las criaturitas, pero espero llamada del Inspector de un momento a otro.
Os voy a contar la penúltima: El jueves pasado, día 23, se celebraba en el Congreso de Exposiciones un homenaje a los Maestros de la República. Yo me enteré el domingo, por la radio: En resulta que Mª Antonia Iglesias ha escrito un libro sobre el tema y en la SER le hicieron una entrevista, con reportaje incluído, que me hizo llorar profusamente (por cierto, que me quedé nueva), porque tela lo que la historia ha hecho con esa época y esa gente. Pues bien, presa de un ataque de recuperación de la memoria histórica, enganché el teléfono y convoqué: a mi compa de Ávila, Mª Victoria, a mis ex compas del cole de San Martín, a actuales compas del Instituto, a la panda rojas de La Adrada, a mi amiga Mari, a mi amigo Lorenzo, a mi tía Maripili, a mi tía Pacita...y a mi santa madre (quicir que a nosotras la lágrima por este tema nos viene de familia de maestros represaliados). Ítem más: como el lunes seguía igualmente presa, convoqué a los del grupo de literatura de Arenas por si se terciaba y pillábamos el microbus que nos suele llevar de parranda a Madrid sin tener que conducir de vuelta y pasados...

Comenzando con la sección "Momentos en los que perdí la dignidad", amos a de que contar un suceso que aconteció una noche de octubre del año 1994, ahí es ná. No es ni el más reciente ni el que más hundidura en el fango me causó, pero es el preferido de mi prima que me estará leyendo, a la cuala se lo dedico.
Pos bien: Yo iba en el AVE, sección Vip porque yo lo valgo, pero mayormente porque a mi madre le había tocado un viaje en las galletas LU, que todo hay que contarlo. Me dirigía, jaté, a Sevilla, donde se estaba perpetrando un congreso de literatura infantil al que me había apuntado con ánimo de pasarlo de aquella manera, no por aprender, que conste en acta.
Como el glamur siempre se me supone, me había acicalado como creía conveniente por no desentonar de lo que viene siendo una clase VIP, no fuera que me encontrara a la prensa del corazón esperando a la Pantoja o simlar. Es decir: me había puesto las lentillas y marchando. La clase VIP del AVE consiste en que tiene unos peasos sillones individuales de alto y abatible respaldo y que cada media hora pasan azafatas ofreciéndote bebidas, panchitos o sandwiches; por lo demás el tren va a la misma leche que en turista o preferente. Iríamos mas o menos por Puertollano cuando se anunció la proyección de la peli "Proposición indecente", que no había visto. Así que de nuevo la azafata pasó repartiendo cascos. Ahí empezó todo: los tales cascos eran un artefacto de dos colores, azul y amarillo, enormes, con aspecto de fonendo de médico pero de los veinte duros. Yo no veía por ningún lado cable o similar para engancharlos, ni bujero, por lo que deduje que en la clase VIP te daban cascos inalámbricos patrocinados por galletas LU. Yo me ponía los cascos y se me caían continuamente, por la curpa del perímetro de mi cabeza. No oía la peli. Me estaba entrando una jaqueca de mil pares, que es uno de los motivos por los que dejé las lentillas. Me estaba agobiando. Entonces miré parriba y pensé, como yo sólo puedo hacerlo: "Fijo que ese tubo que va por el techo es el que pilla el sonido" así que me coloqué los cascos en forma de diadema con el tubillo dirigido hacia el techo, para conectar guay. Y en ese trance, jaquecosa, con una luz ambiental de lo más agresivo, sin coscarme de nada de la peli y deseando bajarme de aquel horror llegué a Sevilla. La azafata me miraba de una manera muy rara.Mucho. Entonces me volví (iba en el primer asiento) y díme cuenta de que del resto de respaldos no sobresalía ningún mástil apuntando al cielo. Y entonces, sólo entonces, me dí cuenta de que allí estaba yo, de pie en el pasillo del vagón VIP del AVE, disfrazada de teletubbie, ante el asombro (y descojone) de los ejecutivos agresivos que viajaban en el vagón.
Eso me pasa por ser tan de pueblo. Qué momento.

Esta nueva temporada blogera tengo intención de contaros esas anésdotas que dan vidilla a mi estresada vida pofesional. Porque tela lo que acontece en los institutos públicos, aunque sean de pueblo como el mio. Supongo que mi Fran será protagonista de muchas de ellas, así que os presentaré al muchacho: MI Fran lleva el posesivo delante porque está claro en este mi instituto que Fran es asunto de Esther. Animalito (yo). Fran es un chaval de Casavieja diagnosticado de TDA/H, osá, Hiperactividad. A sus quince añitos ese diagnóstico es el menor de sus problemas y de los nuestros. Fran es una bomba de relojería: los profes ruegan por la mañana que si su madre se ha acordado de darle la medicación por lo menos se quede dormido en clase. Porque si no, las monta, y cuando digo monta hablo de montajes más duros que los de Pipi y la Bermúdez. Sus víctimas preferidas son las profesoras novatas. Ayer me lo mandaron a Jefatura porque en plena clase de Sociales abrió las ventanas de par en par y gritó:¡Me voy a fumar un porro que te cagas!. otras veces nos canta por Estopa mamente. Afortunadamente ya no usa los extintores para agredir a las conserjes, ni arrea, ni roba. El año pasado conseguí domesticarlo y ahora nos queremos.